

Tan sagrado como el Dalai, intocable como el Everest, indiscutible como un manto sagrado con la cara del barbudo. El periodismo, amparado en los valores de la libertad de expresión y en la exposición que dan los medios electrónicos, se creyó el salvaguarda de la patria.
«No es fácil tener un micrófono en la mano» tira el periodista de las medianoches con un Fierro en la mano en la gala del teatro Colón. ¿Habrá probado con una pala?
Podríamos extendernos en las dificultades diarias de la mayor parte de los periodistas que no ganan premios arreglados ni caminan por las alfombras rojas de la hipocresía. Esas problemáticas permanentes son, en un punto, similares a las de cualquier otro trabajador: cuando no se llega a fin de mes, cuando se precariza el trabajo. Y propias del oficio: cuando los medios tecnológicos/económicos no son suficientes para reproducir a escala valedera el mensaje, cuando el poder económico/político se mete en el discurso.
Pero son cosas que ya se saben. Otras mejor esconderlas.
Desde la alfombra roja del teatro Colón decir que no es fácil tener un micrófono es la mano es señal de la impostura propia del oficio entendido como profesión liberal: somos tan importantes como un médico. Pero, no nos damos cuenta que, como ya dijo Violencia, hacer televisión –o radio, o una revista como ésta- no es tan importante como hacer un by pass: nadie se muere si sale mal.
Creerse un cardiocirujano con el pulso de un pianista, el gendarme en la frontera inventada de la patria, el minero en las entrañas de la tierra que extraerá la plata para la bayoneta de la defensa nuestra. Un problema: la sobrestimación.
No en vano cantan las hinchadas que no le importa lo que diga el periodismo, la policía. En el mismo plano: el periodismo y la policía.
_ Eh loco, no es lo mismo: si a Walsh lo mataron los milicos, la yuta, la cana, los botones, los vigilantes, los cobani, los ropa prestada
_ El periodismo, la policía.
Si una expresión de corte popular –canción de cancha- establece un corte paralelo e iguala en dimensiones semejantes a los policías -que los vigilantean- y a los periodistas, deja en descubierto que los segundos cumplen una función similar: son, para esa expresión popular, igual de vigilantes.
_ Y sí, porque mandan en cana a los barrabravas
Difícil. La correlación entre polis y perios no viene por la posible capacidad de denuncia a quienes joden el deporte –eso incluye a muchos dirigentes-, sino por la condición de poder que ostentan uno y otro. Y cómo lo ejerce. Creyéndose qué. Más que quién. Con la diferencia que el policía guarda para sí, en términos legales, el monopolio de la violencia estatal. Que, guste o no, firmamos todos/as cuando nos hacemos cuidadanos/as. En cambio, al periodismo, ¿quién, de modo legal institucional, le otorgó poder? Un problema: la sobreestimación.
Con esa idea de profesión liberal de la que depende la vida de miles, (cierto sector d)el periodismo se ha amparado tras ella para validar su importancia para nuestras vidas. Pero con una diferencia abismal en relación a las otras profesiones: Un médico realiza una mala praxis y va preso. Un abogado incurre en la violación de una norma y la misma norma se le viene en contra. Pero a los que tienen micrófono en mano, si se incurre en una falta grave al precepto básico de informar, no hay quien lo mande en cana.
El periodismo es, así, inimputable.
Nadie podría dudar de la libertad que realmente precisa el oficio –ya sea el zapato que ganó el Martín Fierro como el cronista de calle o el contador de historias que anda por las barriadas-. ¿Quién hoy se animaría a poner en duda, cómo si lo hizo la Iglesia Católica durante años (sí, la de Pancho) y los regímenes totalitarios hasta hoy, los valores ad hoc de la libertad de prensa? No es esa la discusión. Pero tanto se habló de esa libertad que muchos se olvidaron del complemento, tan importante como la primera: el derecho a la información: el que le cabe a la gilada que escucha/mira/lee. No se contraponen, se suman. No se contradicen, se potencian. Pero, ¿por qué habrá sido que pesó siempre más la idea de la libertad de expresión que el derecho a la información? Porque es el que le cabe al periodismo. Una vez más: al lado de la sobrestimación, la inimputabilidad.
¿Y a qué lleva esa inimputabilidad? Entre otras cosas, a ser cómplices de delitos. Y nuestra historia reciente lo demuestra.
No en todos lados: Chile, por ejemplo.
CASI INIMPUTABLE
En marzo de 2006, el Tribunal de Ética del Colegio de Periodistas de Chile emitió un fallo inédito de 35 páginas. A raíz de la solicitud realizada, un año antes, por el “Colectivo de familiares de detenidos desaparecidos en la operación Colombo”, quienes, aclaran, no los mueves un ánimo vengativo “sino la búsqueda de un resarcimiento a nuestros familiares y amigos, tan vilmente desacreditados en la memoria histórica del país”.
Vamos por el principio: el Colectivo denunciaba a los directores de los diarios El Mercurio, La Segunda, Las Últimas Noticias y a las periodistas Mercedes Garrido Garrido y Beatriz Undurraga Gómez por haber publicado informaciones falsas en relación a lo que se llamó operación Colombo. ¿Qué hicieron para ser denunciados? Mintieron.
El 24 de julio de 1975 los titulares de los medios citados fueron: “El MIR asesina a 60 de sus hombres en el exterior” (La Tercera), “Identificados 60 miristas ejecutados por sus propios camaradas” (El Mercurio), “Sangrienta pugna del Mir en el exterior” (Las Últimas Noticias) y “Exterminados como ratones” (La Segunda).
El MIR es el Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Y lo que los medios chilenos llamaron ‘purga interna’ de sus militantes por una supuesta interna que dejó 119 muertos –mataos los unos a los otros- no fue más que el ocultamiento del Estados como asesino de esos militantes. Corroborado esto, el Colegio sancionó “por haber redactado y publicado informaciones falsas”. Suspensión para ellos de 6 meses de colegiatura. La Justicia chilena después avanzó en la responsabilidad penal. Pero allí no había ningún periodista imputado.
El Colegio de Periodistas dijo algo básico para sancionar a sus propios pares: “Dado que la misión primordial de los profesionales de prensa es ejercer una labor de bien social, a saber, la divulgación de informaciones que se sustenten en la verdad, es que sostenemos que la publicación de las listas que afirmaban que las 119 personas ya referidas se “habían exterminado” entre si (en circunstancias que, como está comprobado judicialmente en un proceso sustanciado actualmente, ellos fueron hechos desaparecer por el régimen militar), constituye una grave falta a la ética periodística”.
En primer año de la ECI te lo explican.
Por si quedaban dudas, aclaran los colegiados: “La Operación Colombo fue un montaje planificado y desarrollado por el gobierno militar a través de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) en el que participaron también los servicios de inteligencia de Argentina y Brasil en el marco de la Operación Cóndor”
En Argentina, a fines del año pasado la justicia citó a directivos de la revista Para Ti por el montaje de la entrevista “Habla la madre de un subversivo muerto”. Poco más.
En Argentina, la Academia Nacional de Periodismo está presidida por Lauro Fernán Laiño, que antes fue Director de Papel Prensa y antes de ADEPA: un empresario al frente de los periodistas. A no desesperar: lo acompañan, entre otros, Nelson Castro, Mariano Grondona, José Claudio Escribano y Morales Solá como académicos de número y el recién recién fallecido Bischoff. Militantes del oficio. Difícil que emitan un comunicado como sus pares chilenos.
No propagandiés
Difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda. La definición de periodismo que encabeza la contratapa de Un mundo sin periodistas de Vertbisky
define como pocos al oficio. Y exhibe, a su vez, que poco periodismo se hace hoy: la propaganda inunda los medios. Y el principal problema de ello no es la propaganda en sí, sino el hecho de que se oculte que se haga tal cosa.
El mismo periodista explica que la prensa ocupó un lugar central como contrapeso de un poder –el político y el económico- “con tendencia a la demasía y a lo absoluto”. El problema fue cuando buena parte de ella se volvió parte de ese poder al que se busca contraponer.
Con la ley
La actividad que se encargó de discutir a los otros fue discutida ella misma por todos los otros. El periodismo, caníbal del mundo, fue comido por el mundo. Y en la digestión nos encontramos con que buena parte de las premisas que enarboló parte del oficio/profesión/arte durante años eran argumentos falaces, improcedentes, imposibles: escudos para ser inimputable. Tomando como defensa argumentativa las razones propias con las que el positivismo inundó las ciencias sociales –la neutralidad de los juicios de valor: somos mensajeros, ¿por qué se la agarran con nosotros?-, así anduvo él, tan libre de cualquier culpa y cargo. Las repetiremos, a las falacias, sabiendo que la confirmación de lo obvio es delito –solicitamos indulto a tal condena-: independencia, neutralidad, imparcialidad. Cómo avanzó la discusión: sólo decir objetividad da aprehensión. Casi como vergüenza.
El periodismo es, ante todo, un acto de servicio. Esponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y a veces, ser otro. Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima y eso es más que un héroe de película.
Por: Juan Cruz Taborda Varela