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El sabio en su laberinto: el inspirador de la Reforma Universitaria y Unquillo
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El sabio en su laberinto: el inspirador de la Reforma Universitaria y Unquillo

Quedó enconsertada en el centro de una ciudad que se autodeclara pueblo de artistas. A pocas cuadras, el carnaval explota en esquirlas de cuerpos liberados. No es casualidad que el arte y la libertad sean vecinos de Saúl Alejando Taborda, el sabio en su laberinto.

En la antología de los misterios se encuentra el motivo que lo llevó, habiendo nacido en la plenitud de la pampa gringa, el llano como único horizonte, a elegir un pueblo de sierras bajas que no dejan ver el sol cuando se esconde.

Gran enigma el que llevó al inspirador de la Reforma, hombre citadino que hizo pie en Rosario, La Plata, Buenos Aires y Córdoba capital, a terminar eligiendo la paz serrana, pronta a la calma mortuoria.

Formado en universidades del mundo europeo, acaso el único mundo posible para un pensador cosmopolita, genera incertidumbre el saber que eligió la postal del zorzal y el tumiñico y sus flores violetas de bosque autóctono, para decir:

«Rusia, en su concepción soviética está ofreciendo sugestiones de extraordinaria importancia«.

Saúl Taborda eligió Unquillo como último resguardo del conocimiento. Allí construyó una morada simétrica, cargada de simbología, hecha de cuadros dentro de cuadros. Su altillo se convirtió en la torre del sabio. Y eligió que su osamenta, polvo, barro tal vez, descansara por siempre ahí. Más en soledad que nunca.

Avenida San Martín. La avenida principal de un pueblo argentino no admite otro nombre. Aunque la reapropiación unquillense y la fisonomía civil de la arteria han hecho derivar su gracia al menos patriótico nombre de Doble Avenida. Allí está la  Municipalidad en lo que era un hotel. Allí hay un bar en lo que era una estación de servicio. Allí hay carnaval cada vez que reina la libertad. Y en esa misma avenida, paseo de domingo y de compras baratas, está la morada que fuera propiedad y contención filosófica de Saúl Taborda en el epílogo de su pensamiento.

Hay cosas que sabemos. Que llegó de las mesetas del este cordobés, con la única prosapia de un apellido criollo. Que fue, junto a Deodoro, el sostén intelectual y filosófico de los reformistas del 18. “Asumieron la conducción de la gesta, manteniéndola hasta 1923, en que el presidente Alvear intervino la Trisecular, iniciando la primera contrarreforma”, recuerda Sergio Díaz.

Que por esos mismos días publicó Reflexiones sobre el ideal político de América, en donde escribió:

«Es urgente hacer que la manía furiosa de europeización que nos domina no nos impida ser originales, esto es, americanos, por la creación de instituciones civiles y políticas que guarden relación con nuestra idiosincrasia. Que América no esté circunceñida a pensar, sentir y querer como piensa, siente y quiere Europa«.

La tendencia reformista lo llevó a La Plata, donde fue Rector del Colegio Nacional. La contrareforma lo singularizó de anarquista. Lo hicieron volver a sus años mozos: “Fuera de puestos, seguiré siendo anarquizador” dijo él.

Se fue a Europa tras el avance contrareformista, donde profundizó su formación en pedagogía, filosofía y arte. Marburgo, Heilderberg y Leipzing; Zurich, Viena, París y Madrid. A su retorno, para 1926, eligió Unquillo, desde donde pensó y publicó buena parte de su obra. Investigaciones pedagógicas al iniciar los 30’ y la revista Facundo, entre otras, fueron las marcas tabordianas que desde Unquillo develaron al ambiente intelectual. No era para menos:

«La burguesía capitalista (…) convirtió la tierra en una mercancía y la incorporó al torrente de los negocios, y llenó las fábricas y los talleres de su industria con los antiguos trabajadores libres de la tierra«.

Saúl Alejandro Taborda y su esposa, en Unquillo

El solar Taborda

Pablo Paillet es abogado. Hace unos años compró la casa en la que vivieron sus padres y que ahora habita él. Era poco, muy poco, lo que sabía de Taborda antes de mirar el techo que cada noche hacía dormir a Saúl. Previo a él, pasaron por la casona de vista al arroyo Unquillo, personajes de toda laya y condición. Artistas, gente que tomaba sol y jugaba a la quiniela, poetizas de pueblo adentro. Pero lo que marca la historia fue su dueño y habitante original.

Elena Figari, pedagoga cercana a la familia y que implementara las ideas tabordianas en las aulas rurales y olvidadas de Cabana hace más de 50 años, cuenta que la morada, conocida entonces como ‘El castillito’, había sido construida en base a unos planos que habían ganado un concurso de arquitectura en Marruecos y que el mismo Taborda había traído para que la obra se construyera en su entrañable Unquillo. Los tres niveles simétricos distribuyen las funciones sociales de una familia bien asentada, que no sólo era propietaria de buena parte de las tierras cercanas y no tan cercanas, sino que además vivía rodeada del mejor arte plástico de entonces.

Las paredes de piedra, casi un metro de densitud de roca unquillense, necesitaban tanta fuerza. Colgaban de ellas obras de Malanca, Pedone, Vidal, Spilimbergo y otros. Dicen, Taborda fue el mecenas de la generación dorada. Y amante del arte. No en vano el mismo Juan Filloy ha contado que durante la toma del Rectorado en 1918, su brazo fue detenido en el aire por el mismo Taborda en el momento en el que el futuro escritor, por entonces mozo arrebatado, intentaba descolgar con saña un cuadro del Obispo Trejo: “No sean bárbaros, ésa es una obra de arte; dejenló tranquilo al fraile” le dijo el pensador.

El ingreso al solar tabordiano, ya sin la prestancia de otros tiempos, es el hogar a leña con el frente realizado por la misma mano del escultor ceramista Fernando Arranz. El mismo que anduviera por el mundo fundado escuelas de cerámica y le diera su nombre a la escuela local, dejó inscriptas allí su obra donde se armaba el fuego unquillense, representando figuras vinculadas a la pedagogía. Hoy queda poco en pie. El calor del destiempo le va comiendo el corazón a la cerámica. Arranz es tan sólo el nombre de una escuela. Acaso Taborda también lo sea.

De los tres niveles de la casa, hay uno exclusivo. Era su laberinto, de dónde siempre, siempre, salió airoso. El altillo, la torre del sabio. La escalera de madera que lleva a la soledad de la altura se conserva tal como la subía Taborda cada mañana. También el granito por piso, las fallebas que supiera abrir, las ventanas de arco y vidrio repartido, las Sierras Chicas al frente. Desde esa mínima patria unquillense, él escribió:

«No se puede concebir la democracia americana sino como el signo de un estado social cooperativo«.

La casa sigue siendo, como entonces, apenas acariciada por el arroyo Unquillo. Guarda la prestancia señorial de aquel pueblo de ricos muy ricos que llegaban en el tren de la victoria y pobres pobres que no se iban a ningún lado. Mantiene esa súbita mirada desde el púlpito. Pero poco más. La aprietan, la absorben los todoofertas céntricos que nada saben de filosofía política y todo de madeinchina. El siempreverde invadió lo que alguna vez fue el bosque tabordiano, cerro arriba. No sólo el bosque.

La manzana es prodigiosa. El fondo de la casa de Taborda daba al fondo de la casa de Lino Eneas Spilimbergo, hoy museo. Y dan culo contra culo la histórica vivienda con el hogar actual de Carlos Alonso. Es la misma manzana que antes se llamaba, pueblo adentro, ‘la vuelta al mundo’. Por lo difícil de rodearla y no porque el mundo del arte y el pensamiento, cupiera, precisamente, en esa manzana.

Las historias que se cuentan o se saben en Unquillo, apenas si alguien las reproduce. Cuenta Figari que allí, al calor de Arranz y bajo el techo abovedado y las paredes de piedra, el mundo intelectual se sentía en su propia casa: “Su casa era un centro social, tenía amplios contactos. El vivía viajando y estudiando. Y haciendo intercambios con las personalidades más eminentes. Eran muy hospitalarios, como buenos criollos. Y tenía contacto hasta con Einstein”.

_ ¿Pero Einstein no fue a Unquillo?

_ Sí.

_ ¿En serio?

_ Así me contó Ramonita –hermana de Taborda-, que estuvo en la casa de Saúl.

La posibilidad, de acuerdo a las fechas en que Einstein estuvo en Argentina y el momento en que Taborda llegó a Unquiilo, es remota. No hay crónica de la época que lo recuerde ni otra memoria que lo repita. Pero ni de esa leyenda improbable vive Unquillo el mito tabordiano. Tampoco de la certeza que la madre del General, doña Juana, pasó una tarde en el distinguido solar de los Taborda, éste ya extinto, según recuerda Alicia Malere.

“Su casa tenía un montón de ‘rincones’. Todo era exquisito, los cuadros, las esculturas, los sillones, las lámparas, los platos” recuerda Malere desde Buenos Aires, quien compartió los veranos unquillenses en la casa Taborda. “Todo lo que tenía era de muy buen gusto, y algunas cosas muy valiosas”, insiste.

Hay un espacio reservado, que tuvo placa y que ya no tiene más. El ex ministro Jorge Honorio Peyrano, en la primera gestión angelocista, rindió tributo al hombre que le había puesto nombre y apellido a su escuela privada y se fue hasta Unquillo, al solar tabordiano, a poner una placa, en presencia de periodistas y fotógrafos. La placa, de bronce, no existe más. El bronce ha sido fundido. Y no ha sido lo único. Unquillo, en su afán de darle un sesgo histórico cultural a su pasado, tiene un recorrido de casas históricas. La casa Taborda no forma parte del mismo.

Los hombres no siempre hablan por sí solos. Quienes los nombran a destiempo de aquellos presentes pueden otorgarles aún mayor precisión a eso que quizás ellos mismos no supieron que fueron. Nadie sabe todo de sí mismo en tanto el todo se construye en el ahora.

“Taborda fue más que un pedagogo, o lo fue en la magna escuela de un magisterio como el de Scalabrini Ortiz, Ugarte o Jauretche” dice Roberto Ferrero. “Taborda –recuerda Santiago Montserrat, uno de sus discípulos- fusionaba en su discurso no sólo las vertientes del comunalismo hispánico, sino también sus lecturas del ideario anarquista, de la filosofía alemana y de la experiencia soviética”. Para Fermín Chávez, ocultar y silenciar a Taborda “es, para alguna gente, una medida de precaución, en defensa de lo viejo, ya que el testimonio último del filósofo llegaría, sin duda, con sus resplandores al fondo de la caverna de nuestro liberalismo cultural”.

Sergio Díaz aporta que Saúl, en el epílogo unquillense, “nunca dejó de considerarse un reformista, un revolucionario, un anarquizante”.

Silvia Roitenbur reconoce  no ser partidaria “de los semidioses en la historia, pero Taborda es una figura excepcional -dentro del pensamiento argentino y aún más allá de esos límites- y creo que nunca será suficiente todo lo que podamos saber de él”.

Ya en Unquillo, para1934, escribió Taborda:

«Debimos forjar una comunidad política que, ajustándose a la idiosincrasia nativa, fuese humana y universal y no un instrumento al servicio del capitalismo internacional transeúnte en todas las patrias«.

Debimos.